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Última actualización: 26 de MARZO de 2019.

Cometas contra monstruos

Por Guillermo Fesser

Antes de que se inventaran las telefonías existieron las cometas. Era la manera que tenía el ser humano de elevarse sobre los tejados de su aldea y decirle al mundo que estaba allí. Que ella o él también contaban. Uno no tenía nada más que levantar la mirada hacia el cielo para hacerse una idea certera del mundo y de la complejidad de sus habitantes.

Había cometas alegres que invitaban a la sonrisa, cometas amenazadoras que infligían desasosiego, cometas aburridas, apenas distinguibles en el azul del firmamento, y cometas imposibles que alzaban el vuelo en contra de las leyes físicas e invitaban al resto de los mortales también a intentar la aventura. Y, luego, había cometas que actuaban como bengalas de socorro. Peticiones de ayuda en forma de rombo que rogaban a otras tribus que se acercasen a echarles una mano.

Todavía hoy, en algunos rincones del planeta, como en el barangay de Papandayan de la isla de Mindanao, Filipinas, los niños elevan al aire sus cometas. Como quien alza la mano en clase para que note su presencia la señorita. Están hechas con los materiales que caen diariamente del camión de la basura que les visita: bolsas de plástico, varillas de bambú que llegan mezcladas con los deshechos de construcción, gomas del pelo, y el hilo desmadejado de los sacos de arroz.

Y vuelan. Vuelan alto como las gaviotas. Para recordarnos que esos niños existen. Que también cuentan. Y tienen forma de rombo. Figuras geométricas con los picos bien afilados, para que no quede ninguna duda de que la ayuda que necesitan es de emergencia. El monstruo invisible se empeña en tenerles acorralados y no saben por cuanto más tiempo serán capaces de resistirlo.

Mientras llegamos, yo, en señal de avanzadilla, acabo de subir al cielo de Madrid una cometa redondeada y rosa. Lo más parecido que he sabido hacer a un corazón. Un guiño para que aguanten mientras pedimos refuerzos a todos los niños de España. “Aguantad, por favor” les he escrito en un cartel que cuelga de mi cometa como una gran cola. “Aguantad, Aminodin, que ya llegamos.»